El sueño

He de describir una experiencia que tuve que me ha marcado de por vida, aunque  haya venido tan solo en la forma de un sueño, de esos que vienen y van sin respetar los vientos ligeros de la conciencia humana, que brilla con nuestro nacimiento y se opaca con la marcha de nuestro vivir, como una golondrina que se duerme con la llegada del viento polar.

Todo empezó un  cálido domingo de verano, mientras observaba mi colección de etiquetas para botellas de agua; de pronto, un profundo cansancio se apoderó de mí tan repentinamente como un eclipse tapa el sol, sin preguntar ni pedir permiso y quedé dormido en el sillón de mi sala.

De pronto sentí que abría los ojos  y me encontraba en una pradera con altos pastizales, donde el sol brillaba con una intensidad desconocida por nosotros los hombres; sin embargo, le podía mirar directamente, sin dolor alguno en mis ojos.

En ese momento no sabía donde estaba ni qué era lo que hacía ahí; sin embargo, extrañamente sabía muy bien que había quedado dormido en aquel sillón de mi sala, que parecía estar mas lejos de mí que la estrella más lejana de un grillo recién nacido.

Miré una vez más aquel sol que no me lastimaba y que ahora giraba lentamente, como un platillo rodando en medio del fuego, quien parecía saber todo sobre mí, como si hubiera sido aquel disco de fuego quien me hubiera enviado la tierra, de algún lugar donde ahora el fuego y yo recordábamos con claridad.

Sin ninguna voz, el sol me habló al corazón, preguntándome sobre el porqué de mis torturas mentales antes de dormir.

De la misma manera que aquel sol me hablaba, yo le hablé sin pronunciar palabras, sólo con pensamientos  y pregunté por qué había tanta miseria en la vida.

Aquella voz me contestó:

“Hijo mío, me preguntas el porqué de algo que no existe, de algo creado por mi ausencia, en lugares donde mis plegarias no han sido escuchadas y de donde he sido rechazado con la misma furia que un pastor rechaza a los lobos de sus ovejas.

Los hombres cierran su mente y su corazón, a lo que yo, su padre, tiene que decirles para guiarles en el camino movedizo de la vida.

Los hombres, hijo mío, expulsan de su cuerpo a muchos ángeles que he mandado para aliviar mucho del sufrir humano y en vez de ello, mis mensajeros de luz terminan en los bolsos lanzados a los lugares de desperdicio, después de haber sido abortados por sus madres.

Hijo mío, los hombres me han olvidado peor que aquella vez cuando llame a Moisés para dictarle las jurisdicciones de mi ley y mi voluntad, donde están las respuestas a todas las preguntas.

La miseria no existe, hijo mío, es un estado de ser en el cual yo no participo y existe debido a que los hombres me rechazan, ya que el hombre que me acepte en su corazón derrotará a la obscuridad sin mayor esfuerzo, porque yo, su padre, estoy ahí para alejar a las tempestades y para poner a los mares a dormir cuando mis hijos navegan.

Ve hijo mío y no sufras más.”

En ese momento desperté en aquel sillón donde había quedado dormido y desde ahí no soy el mismo hombre.

He de describir una experiencia que tuve que me ha marcado de por vida, aunque  haya venido tan solo en la forma de un sueño, de esos que vienen y van sin respetar los vientos ligeros de la conciencia humana, que brilla con nuestro nacimiento y se opaca con la marcha de nuestro vivir, como una golondrina que se duerme con la llegada del viento polar.

Todo empezó un  cálido domingo de verano, mientras observaba mi colección de etiquetas para botellas de agua; de pronto, un profundo cansancio se apoderó de mí tan repentinamente como un eclipse tapa el sol, sin preguntar ni pedir permiso y quedé dormido en el sillón de mi sala.

De pronto sentí que abría los ojos  y me encontraba en una pradera con altos pastizales, donde el sol brillaba con una intensidad desconocida por nosotros los hombres; sin embargo, le podía mirar directamente, sin dolor alguno en mis ojos.

En ese momento no sabía donde estaba ni qué era lo que hacía ahí; sin embargo, extrañamente sabía muy bien que había quedado dormido en aquel sillón de mi sala, que parecía estar mas lejos de mí que la estrella más lejana de un grillo recién nacido.

Miré una vez más aquel sol que no me lastimaba y que ahora giraba lentamente, como un platillo rodando en medio del fuego, quien parecía saber todo sobre mí, como si hubiera sido aquel disco de fuego quien me hubiera enviado la tierra, de algún lugar donde ahora el fuego y yo recordábamos con claridad.

Sin ninguna voz, el sol me habló al corazón, preguntándome sobre el porqué de mis torturas mentales antes de dormir.

De la misma manera que aquel sol me hablaba, yo le hablé sin pronunciar palabras, sólo con pensamientos  y pregunté por qué había tanta miseria en la vida.

Aquella voz me contestó:

“Hijo mío, me preguntas el porqué de algo que no existe, de algo creado por mi ausencia, en lugares donde mis plegarias no han sido escuchadas y de donde he sido rechazado con la misma furia que un pastor rechaza a los lobos de sus ovejas.

Los hombres cierran su mente y su corazón, a lo que yo, su padre, tiene que decirles para guiarles en el camino movedizo de la vida.

Los hombres, hijo mío, expulsan de su cuerpo a muchos ángeles que he mandado para aliviar mucho del sufrir humano y en vez de ello, mis mensajeros de luz terminan en los bolsos lanzados a los lugares de desperdicio, después de haber sido abortados por sus madres.

Hijo mío, los hombres me han olvidado peor que aquella vez cuando llame a Moisés para dictarle las jurisdicciones de mi ley y mi voluntad, donde están las respuestas a todas las preguntas.

La miseria no existe, hijo mío, es un estado de ser en el cual yo no participo y existe debido a que los hombres me rechazan, ya que el hombre que me acepte en su corazón derrotará a la obscuridad sin mayor esfuerzo, porque yo, su padre, estoy ahí para alejar a las tempestades y para poner a los mares a dormir cuando mis hijos navegan.

Ve hijo mío y no sufras más.”

En ese momento desperté en aquel sillón donde había quedado dormido y desde ahí no soy el mismo hombre.